Reseña

La humildad que protege nuestra exégesis

Podemos amar sinceramente la Biblia y, al mismo tiempo, hacerle decir lo que nunca dijo. La pregunta incómoda es si estamos dispuestos a reconocerlo.

Ricardo Cerda9 de noviembre de 20215 min


ΟΡΘΟΤΟΜΟΥΝΤΑ


2 Timoteo 2:15 · trazar bien

Interpretar la Biblia exige convicción, pero también una humildad capaz de reconocer errores. Esa es la contribución más perdurable de Falacias exegéticas, de D. A. Carson: no basta con amar la Escritura; también debemos aprender a detectar los atajos que distorsionan su sentido.

Carson organiza el problema en cuatro grandes áreas: falacias en el estudio de palabras, errores gramaticales, fallas lógicas y equivocaciones históricas o presuposicionales. La utilidad del esquema está en que obliga al intérprete a revisar todo el recorrido, desde el significado de un término hasta las conclusiones doctrinales que construye con él. Una palabra no significa automáticamente todo lo que alguna vez significó, una forma gramatical no puede cargar más peso del que el contexto permite y una conclusión piadosa no se vuelve correcta solo por sonar convincente.

Sin embargo, el libro ofrece algo más que técnica. Carson incluye errores propios entre sus ejemplos. Ese gesto evita que la obra se convierta en una colección de acusaciones contra otros y la transforma en una invitación a limpiar primero nuestro propio jardín. La buena exégesis no consiste en exhibir erudición, sino en someternos una y otra vez al texto.

Esta actitud importa especialmente en la predicación. Un expositor puede repetir durante años una explicación que recibió de otro, hasta tratarla como si fuera la Palabra misma. La revisión cuidadosa no debilita la autoridad bíblica; distingue la autoridad infalible de la Escritura de nuestras interpretaciones falibles. Corregirse, entonces, no es una derrota, sino una forma de fidelidad.

Aquí es donde el libro me resulta personalmente incómodo y provechoso: no me permite hablar de los errores del intérprete como si siempre fueran errores de otra persona. Cada categoría termina volviendo la lupa hacia mis propios apuntes, mis sermones y las conclusiones que he repetido sin examinarlas lo suficiente.

También conviene atender la advertencia del libro sobre las presuposiciones. Nadie se acerca al texto con la mente completamente vacía. La solución no es fingir neutralidad, sino identificar nuestros supuestos, probarlos mediante el contexto histórico y gramatical, y permitir que la evidencia bíblica los confirme o los corrija.

Cuatro lugares donde solemos equivocarnos

Las falacias relacionadas con las palabras son particularmente seductoras porque producen la impresión de profundidad. Descubrir la raíz de un término griego o enumerar todos sus posibles significados puede sonar convincente, pero el contexto determina cuál de esos sentidos está activo. Importar a un pasaje todo lo que una palabra puede significar en otros lugares es tan equivocado como asumir que una palabra española conserva simultáneamente todas sus acepciones. El estudio léxico sirve cuando ilumina el uso concreto; se vuelve una trampa cuando reemplaza la lectura de la oración y del argumento.

Las falacias gramaticales surgen cuando hacemos descansar demasiado peso sobre una forma verbal, una preposición o una construcción sintáctica. La gramática establece posibilidades y límites, pero rara vez resuelve por sí sola una discusión teológica compleja. Los errores lógicos, por su parte, aparecen cuando una conclusión no se sigue de las premisas, cuando presentamos solo dos alternativas posibles o cuando refutamos una versión débil de la postura contraria. Una exposición puede citar correctamente cada palabra y aun razonar mal con ellas.

Finalmente están las falacias históricas y presuposicionales. Podemos reconstruir un trasfondo atractivo y luego permitir que esa reconstrucción gobierne el texto, aunque la evidencia sea incierta. También podemos leer una conclusión doctrinal ya formada dentro de cada pasaje. La historia y la teología sistemática son ayudas necesarias, pero deben permanecer al servicio de la evidencia textual. El intérprete responsable pregunta qué sabemos, cómo lo sabemos y cuánto depende nuestra conclusión de datos que el pasaje no menciona.

Cómo usar esta obra sin volvernos cazadores de errores

Un libro sobre falacias puede producir el efecto contrario al que busca: lectores rápidos para detectar defectos ajenos y lentos para revisar los propios. La mejor manera de usarlo es aplicar cada categoría primero a nuestras notas, sermones y convicciones favoritas. ¿He confundido una asociación verbal con el significado del texto? ¿He descartado una lectura porque pertenece a una tradición distinta? ¿Estoy usando una cita de autoridad en lugar de demostrar la conclusión?

Esta revisión debe incluir el proceso de preparación. Conviene escribir la idea central del pasaje antes de consultar aplicaciones, distinguir observación de inferencia y registrar qué afirmaciones necesitan comprobación. Después de estudiar comentarios, hay que volver al texto para determinar si la explicación realmente surge de él. También es saludable invitar a otros lectores maduros a señalar saltos lógicos o alternativas que no hemos considerado.

La corrección pública tiene además una dimensión pastoral. No todos los errores poseen la misma gravedad. Una imprecisión secundaria no debe tratarse como negación del evangelio, y una diferencia legítima no debe describirse como falacia solo porque contradice nuestra posición. La claridad necesita caridad, pero la caridad no exige fingir que toda interpretación es igualmente fiel.

El fruto esperado es una confianza mejor situada. No confiamos menos en la Biblia cuando reconocemos nuestra falibilidad; aprendemos a confiar menos en la primera explicación que se nos ocurre. La autoridad pertenece al texto inspirado. Nosotros somos oyentes y servidores que deben argumentar con cuidado, recibir corrección y enseñar únicamente lo que podemos sostener con honestidad. Esa disposición no paraliza la enseñanza: nos permite hablar con convicción proporcional a la evidencia y con apertura cuando una conclusión todavía admite discusión.

Recomiendo esta obra a estudiantes, maestros y predicadores, pero también a todo creyente que quiera leer con mayor atención. Su fruto no debería ser una sospecha permanente hacia los demás, sino una combinación saludable de precisión y mansedumbre. La exégesis madura no solo formula mejores argumentos: forma intérpretes más conscientes de sus límites y más dispuestos a ser corregidos por la Palabra.

Ahora te toca a ti

Antes de preparar tu próxima enseñanza, toma una interpretación que consideres segura y sométela a tres preguntas: ¿surge realmente del contexto?, ¿el razonamiento sostiene la conclusión?, ¿podrías explicar con honestidad qué evidencia te haría corregirla? Haz el ejercicio primero contigo, no con el predicador que quieres refutar. Si encuentras un error, corrígelo sin vergüenza. Una exégesis humilde no pierde autoridad; muestra que la autoridad nunca estuvo en nosotros, sino en la Palabra.