Lo que éramos sin Cristo: tres verdades que humillan y llenan de gratitud
Podemos acostumbrarnos tanto a la vida cristiana que terminamos cortando la mitad del pescado: disfrutamos la salvación, pero olvidamos de qué fuimos rescatados.
Ricardo Cerda22 de noviembre de 20226 min
ΝΥΝΙ ΔΕ
Efesios 2:13 · pero ahora
Se cuenta de una mujer joven que, cada vez que cocinaba, cortaba el pescado en dos y desaprovechaba una de las mitades. Lo hacía porque así lo había visto siempre en su casa. Cuando su esposo terminó preguntándole a la abuela, la explicación no tenía nada de simbólico: los sartenes de entonces eran pequeños y el pescado entero no cabía. La costumbre había sobrevivido a la razón que la justificaba, y lo que quedaba era una pérdida heredada sin darse cuenta.
Con la salvación puede ocurrirnos algo parecido. Conservamos el gozo de estar perdonados y dejamos fuera el recuerdo de aquello de lo que fuimos rescatados; seguimos el gesto sin la razón, y la mitad se pierde.
Efesios 2:1-3 no permite una visión superficial de nuestra condición sin Cristo. Pablo recuerda a los creyentes lo que eran para que comprendan la grandeza de la gracia descrita inmediatamente después: «Pero Dios… nos dio vida juntamente con Cristo» (Ef 2:4-5). Mirar el pasado no alimenta desesperación; profundiza la gratitud.
La primera verdad es que estábamos muertos en delitos y pecados. La imagen no significa que las personas sean incapaces de pensar, amar o realizar bienes relativos. Habla de separación de Dios y de incapacidad moral para producir la vida espiritual que él exige. El problema humano no es solo falta de información o de disciplina. Necesitamos que Dios dé vida.
La segunda verdad es que vivíamos bajo esclavitud. Pablo menciona tres influencias relacionadas: «la corriente de este mundo», «el príncipe de la potestad del aire» y «los deseos de nuestra carne». El mundo ofrece una forma de pensar organizada sin Dios; el diablo opera en los hijos de desobediencia; y nuestros propios deseos responden voluntariamente a esa dirección. No somos víctimas inocentes de fuerzas externas. Seguíamos los deseos del cuerpo y de la mente porque también los queríamos.
Esta descripción evita dos reducciones. El pecado no es únicamente producto de estructuras sociales, aunque estas puedan normalizarlo. Tampoco es solo ataque demoníaco, como si el corazón no tuviera responsabilidad. Pablo reúne ambiente, enemigo y deseo para mostrar una esclavitud completa.
Esta es la razón por la que Pablo nos hace mirar hacia atrás. No quiere que vivamos contemplando la culpa, sino que recordemos el contraste. Cuando olvido lo que era sin Cristo, comienzo a tratar la gracia como salario, la obediencia como superioridad y al incrédulo como si su necesidad fuera distinta de la mía.
La tercera verdad es que éramos «hijos de ira». La ira de Dios no es un arrebato caprichoso, sino su oposición santa y justa al pecado. Esta afirmación resulta incómoda, pero sin ella la cruz se convierte en un gesto sentimental y la gracia pierde su profundidad. Necesitábamos liberación de la culpa y del juicio, no solo ayuda para mejorar.
Pablo añade «lo mismo que los demás». No existe una categoría de personas naturalmente superiores. Judíos y gentiles, religiosos e irreligiosos, comparten la misma necesidad. La iglesia no mira al mundo desde una plataforma de mérito; está formada por personas rescatadas.
Entonces llegan las palabras que cambian el pasaje: «Pero Dios». El sujeto de la salvación no es nuestra voluntad autónoma, sino el Dios rico en misericordia. Él da vida con Cristo cuando estábamos muertos. Recordar lo que éramos destruye la jactancia y despierta compasión por quienes aún están lejos.
Tres amos que describen una misma esclavitud
La «corriente de este mundo» es el orden de valores que considera normal vivir sin reconocer a Dios. No se limita a una ideología política o a una época particular. Puede expresarse tanto en rebelión abierta como en respetabilidad religiosa. El mundo enseña a definir el bien desde la autonomía, buscar identidad en la aprobación humana y organizar la vida alrededor de deseos creados. Su poder está en que muchas de sus suposiciones parecen obvias.
Pablo menciona también al «príncipe de la potestad del aire», una referencia al diablo como agente personal que opera en los hijos de desobediencia. Efesios no invita a obsesionarse con detalles invisibles, sino a reconocer que el mal posee una dimensión espiritual. El enemigo engaña y acusa, pero nunca aparece como rival equivalente de Dios. Cristo ya fue exaltado sobre todo principado y autoridad (Ef 1:20-23).
El tercer amo está dentro: «los deseos de nuestra carne». En Pablo, carne puede referirse a la humanidad orientada contra Dios, no simplemente al cuerpo físico. Los deseos incluyen apetitos corporales y razonamientos de la mente. Esto impide pensar que el pecado es solo irracional o impulsivo. Podemos construir argumentos sofisticados para justificar lo que queremos y convertir la inteligencia en servidora de la rebelión.
Las tres influencias se refuerzan. El mundo normaliza deseos pecaminosos; el enemigo explota el engaño; el corazón responde voluntariamente. Por eso la solución no consiste únicamente en cambiar de ambiente, obtener información o expulsar una influencia externa. Necesitamos liberación integral y una nueva vida que solo Dios puede crear.
«Pero Dios»: la iniciativa que cambia nuestra historia
Efesios 2:4 no suaviza los versículos anteriores; introduce una intervención inesperada. Dios actúa «por su gran amor» y porque es «rico en misericordia». La causa no se encuentra en una cualidad oculta de los muertos, sino en su propio carácter. Cuando no podíamos presentar méritos, nos dio vida juntamente con Cristo.
La unión con Cristo estructura la respuesta. Los creyentes son vivificados, resucitados y sentados con él. Pablo habla de una realidad inaugurada: la vida y posición del Hijo determinan el futuro de quienes le pertenecen. La salvación no es solo cancelar una deuda; es trasladarnos a una nueva existencia y comunidad bajo el señorío de Cristo.
Los versículos 8-10 explicarán que esto ocurre por gracia mediante la fe, no por obras, para que nadie se gloríe. Sin embargo, la gracia no deja al creyente inactivo. Somos hechura de Dios, creados en Cristo para buenas obras. El mismo pasaje que destruye la autosalvación establece una vida transformada como propósito del rescate.
Recordar nuestra antigua condición cambia la forma de mirar a otros. No tratamos a quienes viven sin Cristo como si su problema principal fuera no compartir nuestros hábitos culturales. Necesitan el mismo milagro que nosotros recibimos. Esto produce compasión en la evangelización, paciencia ante la ceguera y dependencia del poder de Dios.
También cambia la lucha contra el pecado. Ya no obedecemos a los antiguos amos como quienes les pertenecen, aunque todavía sintamos su influencia. Efesios 4:17-24 llama a abandonar la vieja manera de vivir y vestirnos del nuevo hombre. La santificación aplica en la práctica la identidad recibida por gracia.
Por último, esta memoria alimenta adoración. Cuanto más pequeña parezca nuestra necesidad, más pequeña parecerá la misericordia. Pablo describe la profundidad de la muerte para que veamos la altura del amor. El testimonio cristiano no es que personas razonablemente buenas recibieron ayuda, sino que Dios dio vida a muertos y exhibirá por los siglos las riquezas de su gracia.
Efesios 2:1-3 nos humilla, pero no nos deja allí. Nos prepara para contemplar la iniciativa divina. Si hoy tenemos vida, no es porque fuimos mejores, sino porque Dios fue misericordioso. Esa verdad produce adoración, paciencia y una gratitud que no se agota.
Ahora te toca a ti
Vuelve a leer Efesios 2:1-10 y completa dos frases: «Sin Cristo yo era…» y «Pero Dios hizo…». Después identifica qué alimenta hoy tu obediencia: ¿miedo a perder reputación o gratitud por la misericordia recibida? Da gracias y habla de Cristo con alguien que aún está lejos. No pierdas la mitad del pescado. Recuerda la oscuridad, celebra el «pero Dios» y vive como alguien a quien realmente le dieron vida.