¿Puede haber fe salvadora sin señorío?
Queremos un Salvador que nos libre de la condenación, pero ¿qué ocurre cuando ese mismo Salvador reclama el gobierno de nuestra vida?
Ricardo Cerda15 de marzo de 20226 min
ΚΥΡΙΟΣ ΙΗΣΟΥΣ
Romanos 10:9 · Jesús es Señor
Es posible hablar de fe usando una definición tan pequeña que ya no se parezca a la respuesta que Jesús demanda. El evangelio según Jesucristo, de John MacArthur, confronta precisamente la idea de que alguien puede recibir a Cristo como Salvador mientras rechaza de manera permanente su autoridad como Señor.
El asunto requiere precisión. La salvación es por gracia, mediante la fe, y no se obtiene por obras. Ningún acto de obediencia añade mérito a la obra suficiente de Cristo. Pero la fe salvadora tampoco es un simple acuerdo intelectual con ciertos datos. En los Evangelios, Jesús llama a arrepentirse, seguirle y perder la vida por causa de él. No ofrece una gracia que deje intacta la rebelión del pecador.
Aquí aparece la distinción decisiva: la obediencia no es la raíz de la justificación, sino uno de sus frutos. Las obras no producen la vida nueva; la hacen visible. Santiago 2 rechaza una profesión estéril, mientras Mateo 7:21-23 advierte que incluso el lenguaje religioso y las obras impresionantes pueden coexistir con una ausencia real de comunión con Cristo. Por eso el examen no descansa en una perfección inexistente, sino en la dirección de una vida: ¿hay arrepentimiento, confianza en Cristo y un deseo creciente de someterse a su Palabra?
La tesis de MacArthur resulta pastoralmente necesaria cuando la evangelización se reduce a repetir una fórmula, levantar una mano o recordar una decisión pasada. La seguridad bíblica no debe construirse sobre un acto aislado separado de la perseverancia. Al mismo tiempo, esta verdad debe comunicarse sin llevar a creyentes sensibles a medir cada día su aceptación por su rendimiento. La base de la justificación permanece fuera de nosotros: la persona y obra de Cristo.
A mi juicio, esta es la parte más confrontadora del argumento de MacArthur: nos obliga a revisar una evangelización que tranquiliza conciencias con el recuerdo de una decisión, aunque la persona haya aprendido a vivir en abierta indiferencia hacia Cristo. El problema no se resuelve agregando obras al evangelio, sino recuperando el significado bíblico de creer.
El valor del libro está en recuperar el contenido del llamado de Jesús. Seguirle implica renunciar al gobierno autónomo de la vida. Esa entrega no compra el perdón; es la respuesta de quien ha sido alcanzado por la gracia.
Lo que Jesús exige y lo que la gracia produce
Los llamados de Jesús al discipulado son deliberadamente radicales. En Lucas 9:23, seguirle implica negarse a sí mismo y tomar la cruz cada día. Estas palabras no describen una obra meritoria mediante la cual el pecador compra su aceptación. Revelan que venir a Cristo significa abandonar la pretensión de gobernarse de manera independiente. La fe recibe a una persona, no solo los beneficios que esa persona ofrece.
Por eso el arrepentimiento no puede separarse artificialmente de la fe. Arrepentirse es volverse del pecado a Dios; creer es descansar en Cristo y su promesa. Son aspectos distintos de una misma respuesta al evangelio. Ninguno exige que el pecador haya reformado completamente su vida antes de venir. Más bien, al venir reconoce que su pecado es rebelión y que solo Cristo puede salvarlo y gobernarlo.
Esta enseñanza debe distinguirse de dos errores. El antinomianismo trata la obediencia como irrelevante para la vida cristiana. El legalismo la convierte en fundamento de la aceptación divina. El Nuevo Testamento rechaza ambos. Efesios 2:8-10 afirma que somos salvados por gracia, no por obras, y a la vez creados en Cristo para buenas obras. El orden es esencial: la gracia salva y después forma una vida nueva.
La transformación tampoco es uniforme. Hay creyentes inmaduros, temporadas de retroceso y pecados persistentes que requieren disciplina y cuidado. Pedro negó al Señor y fue restaurado. Los corintios mostraron graves contradicciones y aun así fueron llamados a arrepentirse como iglesia de Dios. Hablar de fruto no significa enseñar impecabilidad, sino reconocer que la gracia inicia una nueva dirección y que Cristo disciplina a quienes le pertenecen.
Seguridad, examen y cuidado pastoral
La doctrina del señorío puede aplicarse de forma cruel si obliga al creyente a buscar certeza mediante una evaluación interminable de su desempeño. La seguridad descansa objetivamente en las promesas de Dios y en la obra terminada de Cristo. El creyente mira primero fuera de sí: Jesús murió y resucitó, intercede por los suyos y promete recibir a quien viene a él.
La Escritura también habla de evidencias internas y visibles. El testimonio del Espíritu, el amor por los hermanos, la confesión verdadera de Cristo y una obediencia creciente confirman la profesión de fe. Estas evidencias nunca son perfectas y no reemplazan el fundamento. Funcionan como fruto que acompaña la raíz.
El examen bíblico, por tanto, no pregunta si hemos alcanzado una santidad suficiente para merecer salvación. Pregunta si nuestra esperanza está en Cristo o en una experiencia pasada mientras hacemos paz con la rebelión. Una persona puede caer y luchar con el pecado; otra puede justificarlo, rechazar toda corrección y aun reclamar seguridad automática. Pastoralmente, no deben tratarse como si estuvieran en la misma condición.
También debemos ser cuidadosos al evangelizar. Invitar a «aceptar a Jesús» sin explicar quién es Jesús y de qué nos salva produce decisiones sin contenido. El evangelio anuncia al Hijo crucificado y resucitado, llama al arrepentimiento y promete perdón gratuito. No necesitamos añadir obstáculos humanos, pero tampoco quitar el llamado de Cristo.
La gracia que justifica al impío es la misma que lo incorpora al reino del Hijo. Cristo no se divide en funciones opcionales. Recibirle es confiar en él como el Salvador suficiente y reconocer su derecho sobre toda la vida. Nuestra obediencia será incompleta hasta la glorificación, pero la fe verdadera no desea conservar para siempre un territorio donde el Señor no pueda entrar.
La pregunta correcta, entonces, no es si las obras pueden salvar, pues no pueden. Es si la fe que une al pecador con Cristo puede permanecer para siempre sin fruto. El Nuevo Testamento no nos autoriza a separar lo que Dios reúne: una justificación gratuita y una vida que, de manera imperfecta pero real, aprende a obedecer a su Señor.
Ahora te toca a ti
No respondas esta doctrina pensando primero en otra persona. Examina tu propia profesión: ¿estás descansando en Cristo o solamente en una experiencia pasada?, ¿hay algún pecado que hayas decidido proteger de su señorío? Si ves lucha, corre hacia la gracia; si ves una paz deliberada con la rebelión, no la disfraces de seguridad. Habla hoy con un creyente maduro, confiesa con claridad y vuelve a Cristo. Él no recibe pecadores perfectos, pero sí llama a pecadores que dejan de justificarse y confían en él.